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Espiritismo y humanismo: la espiritualidad reconciliada con el mundo
Sobre el libro de Jon Ayzpúrua por Wilson Garcia
Espiritismo y humanismo: la espiritualidad reconciliada con el mundo
El nuevo libro de Jon Aizpúrua, Espiritismo y humanismo, integra la segunda serie de la colección Libre-Pensar: Espiritismo para el Siglo XXI, una iniciativa conjunta de la CEPA Asociación Espírita Internacional y el Centro de Investigación y Documentación Espírita (CPDoc).
Publicada en 2026, la obra busca demostrar que el espiritismo puede comprenderse legítimamente como una forma específica de humanismo: espiritualista, reencarnacionista, evolucionista, laica, progresista y librepensadora. La tesis no es propiamente inédita, pero la contribución de Aizpúrua radica principalmente en la organización sistemática de esta perspectiva y en el intento de proyectarla sobre algunos de los grandes problemas contemporáneos: democracia, educación, desigualdad social, paz, ecología, felicidad, tecnología y transhumanismo.

En sus páginas se encuentran tanto la síntesis de una concepción filosófica como el testimonio intelectual de quien ha dedicado gran parte de su vida a defender un espiritismo laico, crítico y socialmente comprometido.
El punto de partida del autor es la centralidad del ser humano. Sin embargo, no se trata del individuo reducido al organismo biológico ni limitado al intervalo entre el nacimiento y la muerte. El ser humano de Aizpúrua es un espíritu encarnado, portador de una historia anterior, inserto en determinado contexto social y destinado a continuar existiendo y progresando después de la experiencia corporal.
Esta concepción permite al autor formular una especie de antropología espírita integral. El ser humano se presenta como una realidad biopsicosocioespiritual: posee cuerpo, subjetividad, afectividad, historicidad, sociabilidad y trascendencia. Ninguna de estas dimensiones debería aislarse de las demás.
En esta ampliación reside la originalidad del humanismo espírita. Mientras algunas corrientes humanistas seculares comprenden la existencia únicamente dentro de los límites materiales, el espiritismo añade la preexistencia, la supervivencia de la conciencia, la reencarnación y la comunicabilidad de los espíritus. El horizonte humano deja así de ser exclusivamente terrenal, aunque continúa profundamente comprometido con la vida en la Tierra.
Aizpúrua evita convertir esta trascendencia en una huida del mundo. Al contrario: cuanto más amplia es la comprensión de la existencia, mayor se hace la responsabilidad ante la sociedad. La reencarnación no debe justificar la desigualdad, el sufrimiento ni la sumisión, sino reforzar la solidaridad entre personas que comparten el mismo proceso evolutivo. Esta es una de las ideas más importantes del libro: el “más allá” no disminuye la importancia del “aquí”. La vida espiritual no exime al espíritu de sus responsabilidades históricas.
Aizpúrua sitúa al espiritismo fuera de dos fronteras que considera insuficientes: la religión dogmática y el materialismo reduccionista. Por un lado, rechaza la sumisión de la conciencia a iglesias, sacerdocios, revelaciones infalibles y libros considerados sagrados. Por otro, cuestiona la idea de que el pensamiento, la conciencia y la personalidad sean apenas productos temporales del funcionamiento cerebral.
El autor no niega la espiritualidad. Busca liberarla de su identificación obligatoria con las religiones institucionalizadas. Propone así una espiritualidad laica: abierta a lo trascendente y al misterio, pero independiente de dogmas, rituales, jerarquías e intermediarios religiosos.
Esta posición tiene consecuencias para la propia identidad del espiritismo. Aizpúrua lo define menos como religión y más como una filosofía científica y moral, fundada en la investigación de los fenómenos mediúmnicos y en las consecuencias filosóficas que de ellos se derivan. Kardec sigue siendo una referencia fundamental, pero no una autoridad infalible.
El autor es particularmente claro al afirmar que ningún libro contiene la totalidad de la verdad, ni siquiera los libros espíritas. También los espíritus comunicantes deben ser examinados críticamente. Son seres humanos desencarnados, portadores de conocimientos y limitaciones, y no representantes automáticos de una sabiduría divina.
Este rechazo de la infalibilidad es coherente con lo mejor del método kardeciano. En lugar de una doctrina terminada y cerrada, tenemos un campo de conocimiento abierto a la revisión, a la experimentación y al diálogo. Aizpúrua reivindica expresamente el derecho a revisar posturas y se declara, con satisfacción, revisionista.
Espiritismo y humanismo nos recuerda que el espíritu no evoluciona fuera de la historia. Evoluciona dentro de ella: en las decisiones que toma, en las relaciones que construye y en el mundo que ayuda a conservar o transformar.
Al unir trascendencia y responsabilidad social, Jon Aizpúrua ofrece una contribución relevante para que el espiritismo se reconozca no solo como una explicación de la supervivencia después de la muerte, sino como una filosofía activa de la vida.
Fuente: Artículo publicado por Wilson García en el blog Expediente Online.
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