SINTONIZAR NO ES TAN DIFÍCIL

José E. Arroyo

SINTONIZAR NO ES TAN DIFÍCIL

José E. Arroyo 

presidente de CEPA – Asociación Espírita Internacional

Una de las aspiraciones básicas de toda persona es la de poder vivir su vida en paz. La paz de criarse en un ambiente libre de angustias, de violencia, de malos tratos o de eventos traumáticos. La paz de poder pensar como desea, aunque no todo lo pueda expresar. La paz de poder moverse libremente, dentro de límites socialmente convenidos y razonables. La paz de poder crecer, aprender y desarrollarse, con la mayor cantidad de oportunidades que le sean posibles. En fin, poder desenvolver su creatividad, su curiosidad, su sed de convivencia o de conocimientos en paz. 

Cuando desarrollamos una mirada más allá de los límites de la residencia, de la familia, del vecindario, del pueblo, del país, entonces también nos gustaría observar, viajar y toparnos con la paz en todos los lugares. Cuando desarrollamos empatía y sensibilidad, deseamos que la paz no sea solo algo que disfruto yo, sino que la pueda experimentar y sostener todo el mundo, sin excepciones. 

No obstante, ese anhelo de paz mundial, regional, nacional, ciudadano, vecinal, familiar y consanguíneo no siempre coincide con la realidad. Es el resultado de encontrarnos en un nivel de desarrollo espiritual —una etapa de nuestro crecimiento infinito— donde apenas estamos saliendo, colectivamente hablando, de una infancia básica, sensorialmente priorizada y altamente pasional. Reconocer esto no es para sentirnos mal, hundirnos, humillarnos o menospreciarnos; es para ubicarnos y reconocernos. Así, sin connotaciones negativas, sino tal cual es el evento común y circunstancial que estamos compartiendo en este preciso momento: la vida en la Tierra, actualmente.

Sin embargo, contamos con herramientas, estrategias, alternativas y maneras de apreciar, vivir, mantener y vibrar en la onda de la paz. No todo es pesimismo, violencia o angustia, porque, efectivamente, la paz sí se vive y se experimenta en varios niveles. 

Para poder nutrirnos de la cultura de la paz, es importante pasar del deseo a la acción. Decía Gandhi: «Sé el cambio que quieres ver en el mundo». No tomamos su exhortación como una verdad absoluta, sino como un recordatorio pragmático y aterrizado: los cambios en el mundo no vienen de afuera, de lo sobrenatural, del “cielo”, de la “salvación”, de “colocarlo todo en manos de Dios”, de “los hermanos extraterrestres” o de simplemente esperar pasivamente que todo caiga en su lugar. Los cambios que identificamos como necesarios en nuestras sociedades y el sostenimiento de la paz como una constante requieren esfuerzo, voluntad, trabajo, vigilancia y conciencia generacional.

Toda persona puede ser un eje de paz. Toda persona puede ser el ejemplo que otros pueden seguir o utilizar de base. Toda persona puede responder y reaccionar de una manera no violenta a los intentos de sepultar la paz. En fin, toda persona puede sintonizar con la paz.

Si algo sabemos, como espiritistas, es que el pensamiento entrelaza, hermana, se irradia más allá de los confines de nuestro cuerpo y sostiene una onda que toma las cualidades de quienes vibran en una misma sintonía. 

Sintonizar con la onda amplia, potente, dinámica y activa de la paz no es tan difícil. Requiere voluntad, un deseo enfocado y una genuina intención de actuar. Sintonizar con la paz comienza por reconocer mi potencial para representarla. Implica prepararme para servir en la “embajada de la paz”. Comprometerme a ser alguien que, en vez de responder de manera visceral, automática o a la defensiva, piense antes de actuar, administre sus emociones y realmente se comprometa a limar sus asperezas internas. 

Sintonizar con la onda de la paz también es posible, porque es una onda solidaria y fraterna, en la que gravitan millones de personas que saben que un mundo mejor y más socialmente consciente se construye paso a paso, poco a poco, pero se construye de todas maneras. Sintonizar con la onda de la paz es traerlo a mis meditaciones u oraciones. No es pedirlo, para que venga de algún lado ajeno y desconocido, es concretarlo para hacernos parte de esa arquitectura maravillosa del bien, del amor y de la paz. 

En fin, sintonicemos con la onda de la paz; hagamos de la paz un pegamento familiar y social; construyamos con la paz como bloque del gran edificio que levantamos en conjunto; compartamos la paz, comenzando por ejemplificarla y ayudando a que quienes no la conocen la puedan contemplar en nosotros. 

Toda persona puede ser un eje de paz. Toda persona puede ser el ejemplo que otros pueden seguir o utilizar de base. Toda persona puede responder y reaccionar de una manera no violenta a los intentos de sepultar la paz. En fin, toda persona puede sintonizar con la paz.

Si algo sabemos, como espiritistas, es que el pensamiento entrelaza, hermana, se irradia más allá de los confines de nuestro cuerpo y sostiene una onda que toma las cualidades de quienes vibran en una misma sintonía. 

Sintonizar con la onda amplia, potente, dinámica y activa de la paz no es tan difícil. Requiere voluntad, un deseo enfocado y una genuina intención de actuar. Sintonizar con la paz comienza por reconocer mi potencial para representarla. Implica prepararme para servir en la “embajada de la paz”. Comprometerme a ser alguien que, en vez de responder de manera visceral, automática o a la defensiva, piense antes de actuar, administre sus emociones y realmente se comprometa a limar sus asperezas internas. 

Sintonizar con la onda de la paz también es posible, porque es una onda solidaria y fraterna, en la que gravitan millones de personas que saben que un mundo mejor y más socialmente consciente se construye paso a paso, poco a poco, pero se construye de todas maneras. Sintonizar con la onda de la paz es traerlo a mis meditaciones u oraciones. No es pedirlo, para que venga de algún lado ajeno y desconocido, es concretarlo para hacernos parte de esa arquitectura maravillosa del bien, del amor y de la paz. 

En fin, sintonicemos con la onda de la paz; hagamos de la paz un pegamento familiar y social; construyamos con la paz como bloque del gran edificio que levantamos en conjunto; compartamos la paz, comenzando por ejemplificarla y ayudando a que quienes no la conocen la puedan contemplar en nosotros. 

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